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NOÉ, ¿UN PERSONAJE CINEMATOGRÁFICO?

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


La última película de Aronofsky es extraña, realmente extraña. Tiene tintes “de autor”, con todos los matices que queramos darle a este concepto, aderezados con el potencial de una superproducción.


El último caso más o menos parecido a Noé (Noah) podría ser La vida de Pi (Ang Lee, 2012), aunque aquí se podía ver bastante más claro cómo el potencial visual y los efectos especiales estaban al servicio de un discurso más o menos trascendental, articulado a través de reflexiones en off y de un artefacto audiovisual de alta calidad. En Noé es diferente, no encontramos esta comunión entre la voluntad de un discurso complejo y ambicioso y la épica audiovisual respaldada por las millonarias cantidades a las que se ha acostumbrado Hollywood. No existe esa comunión y no parece haber relación ni, por tanto, justificación de esta doble intencionalidad de la obra.

Creo que podríamos convenir, sin demasiada discusión y sin que se entienda en un sentido negativo -por lo menos en términos creativos-, que Noé es una película fallida. Creo que si, tras la resaca y la contrariedad inicial, somos capaces de aceptar esto, puede ser interesante reflexionar sobre el “por qué”. Quizás los motivos del fallo tengan que ver con esta falta de comunión entre épica y reflexión. A ello se le puede incluir una serie de decisiones -seguro, difíciles de tomar- narrativas legítimas, pero verdaderamente arriesgadas, como el elemento fantástico de su universo: basándose en la premisa de que el Diluvio da lugar a un nuevo mundo, al nuevo mundo que ahora conocemos, se podría convenir que el periodo prediluvial constaba de diferentes elementos, de distintas categorías biológicas o de criaturas diferentes. El acierto está en plantear esto desde el minuto uno, para que el espectador tenga claro desde el principio lo que va a ver; el desacierto, si es que lo hay, es evidente.

Además, la historia se encuentra con una serie de problemas narrativos en cuanto al desarrollo que, en parte, parece haber intentado solventarlos con el elemento fantástico. Por ejemplo, la construcción del arca; gracias a los gigantes de roca -que pueden haberlos sacado de El hobbit-, podemos aceptar la creación del arca; o las hierbas con las que Noé y su familia duermen -hacen hibernar- a los animales según van llegando. Probablemente, el verdadero problema esté desde el planteamiento inicial de la película; resulta difícil querer reflexionar sobre la búsqueda de la condición humana, de poner a prueba la doble moral del juez, y al mismo tiempo querer explicitar “el arca de Noé”. Ése es el origen de todas las problemáticas de esta cinta. Y por eso no comulgan las dos líneas discursivas -la reflexión y la épica-, porque no puedes reflexionar sobre la metáfora del arca explicitándola.

También es desconcertante las vueltas que da la película en esta búsqueda de los conceptos que “El Creador” trata de inculcar a Noé, o los secretos que Noé intenta encontrar en su interior, para que al final todo quede en un mensaje dolorosamente simplista o, por lo menos, trasmitido con una simpleza molestamente didáctica. Y esto, además, es apoyado por la propuesta formal, dándole un tono “de cuento” que nada tiene que envidiarle a las biblias infantiles de dibujos.

La Dinastía de Caín
Y por último, la película no funciona en lo narrativo porque, probablemente, la historia de Noé no sea especialmente cinematográfica. Dicho a grosso modo: no da para tanto. Es por eso que incluyan la “épica” batalla -aunque bien sembrada, todo hay que decirlo, por el prólogo que habla de las dinastías de Set y Caín- o predecibles tramas de todos los personajes secundarios, tan bien construidos que con solo verlos la primera vez, ya sabes qué función va a cumplir cada uno de ellos. Al menos eran buenos actores.

Esta cantidad de dificultades narrativas hace que, a ratos, la película sea incluso aburrida. Sobre todo a partir del Diluvio, donde asistimos a la asfixiante estancia de Noé y su familia -y el villano convertido en polizón- y su transformación moral que, siendo el tipo de producto que es, no había espacio para la incógnita.
Connelly y Crowe, célebre pareja de baile
No todo es negativo. Como hemos dicho, el adjetivo “fallida” no tiene por qué ser peyorativo aquí. Lo cierto es que la película tiene gusto y tiene personalidad. Tiene buenos actores y buenas imágenes, pero difícilmente emociona y deja la sensación de estar todo cogido con pinzas: desde la idea de enlazar la “forma Hollywood” con el discurso “independiente” hasta la narración de una historia, creo, muy poco cinematográfica, por lo menos en los términos que Aronofsky ha planteado.

“PHILOMENA” PUDO SER MÁS, PERO TAMBIÉN MUCHO MENOS

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


La última película de Stephen Frears cuenta la historia de una anciana a la que, 50 años atrás, le arrebataron a su hijo. Ahora, un periodista en horas bajas, decide contar su historia y ayudarle a encontrarlo.

Basada en hechos reales, esta película corría el riesgo de convertirse en, como suele decirse, un “pastel”, en una historia que hiciera apología de la justicia y la injusticia, y que juzgase en términos de buenos y malos. Algo de esto hay, algo de esto se percibe -y, en realidad, no es impertinente-, pero lo cierto es que resulta bastante comedida en este sentido, lo cual nos lleva al hecho de que sea una cinta con cierta falta de intensidad.

A través de un exquisito uso de la comedia y de su forma de complementarla con el drama, se construye un discurso fresco y vitalista, con un tratamiento “relajado”, diría, que evita que se enrede en la lágrima fácil o en el enjuiciamiento incontestable. Las monjas, que en este caso son las “malas de la película”, reciben el ataque del periodista (y la película no las salva tampoco), pero obtienen el beneficio de la transparencia, del no-juicio por parte de la protagonista, quien nunca olvida que su objetivo es su hijo, saber qué vida ha llevado.

Las dimensiones que otorga Judi Dench
Lo más interesante es el personaje de ella, que pasados los años sigue teniendo interiorizado el sentimiento de culpa y el pecado, y que constantemente “disculpa” la actuación de las monjas o las razones que les dan de por qué no pueden ayudarles, o la buena vida que llevó su hijo y que ella no le hubiese podido dar. Lo más acertado de la película -y buena parte de la responsabilidad es de Judi Dench- es la exploración de las dimensiones de Philomena, que resulta ser un personaje carismático, entrañable y poderoso. Su forma de reflexionar sobre los patrones culturales que han regido su comportamiento, es ilustrativa de lo que supone enfrentarse a la búsqueda de tu descendencia, y a la legitimidad cultural -cristiana- de los comportamientos naturales -es interesante la forma en que Philomena habla del sexo- y de los comportamientos ideológicos.

Novelas románticas
Por su parte, el personaje del periodista, si bien supone una gran interpretación de Steve Coogan, resulta más soso. Quizás el fallo esté en pensar que la película trata de ambos personajes y del recorrido -inverso- que se supone deben hacer, pero es difícil no plantearse la historia así cuando ambos van de la mano en esta lucha. Al final, más allá de esto, lo que parece claro es que la película tiene pocos “peros”, salvo que al ser tan políticamente correcta, le ha faltado algo de emoción. Con una premisa así, podía haber sido un desastre monumental o una obra mayor; Philomena es, al final, una película que está bien.

"JUAN SOLDADO PASÓ POR AQUÍ"

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


Hace unos años que la ficción televisiva española está teniendo cierta relevancia en el contexto europeo e, incluso, en el americano. Es evidente que las cadenas generalistas están invirtiendo dinero en grandes producciones a las que el público responde con asombrosa fidelidad. Solo hace falta esperar un poco hasta que se hagan realidad las predicciones que afirman la consolidación, más tarde o más temprano, de los canales de pago, para empezar a ver producciones del corte de las que nos llegan de la televisión de pago norteamericana, cuyos únicos casos en España hasta el momento son algunos como Crematorio, de Jorge Sánchez-Cabezudo, o ¿Qué fue de Jorge Sanz?, de David Trueba, los cuales no he tenido el placer de ver aun.

"¡Juan Soldado ni debe ni teme!"
Este artículo tiene la humilde intención de recordar que la ficción televisiva española tiene también su historia y obras únicas que merecen la pena tener en cuenta. Una de esas piezas -no vamos a realizar un recorrido histórico de la televisión en España- es Juan Soldado, un mediometraje que se emitió en TVE en 1973, escrito por Lola Salvador y protagonizado y dirigido por Fernando Fernán-Gómez.

Esta obra experimental dio suficiente crédito a sus responsables como para recibir una nueva oferta de contrato que daría lugar, un año después, a la célebre El pícaro. Así, diría que es muy interesante pararse a atender este objeto único, sin precedente ni comparación.

Juan Soldado vuelve a la madre patria a cobrar sus 24 años de servicio al Rey, pero resulta que solo tiene derecho a una libra de pan y seis maravedíes. Aún así, muestra enorme caridad compartiendo sus pocas posesiones con Jesús y San Pedro, que en varias ocasiones le piden limosna. Su gran generosidad hará que le recompensen otorgándole un poder del que Juan Soldado se aprovechará para hacer frente al Mal y para revelarse contra el Cielo, en su cerrado sistema de entrada.

Fernán-Gómez y Juan Soldado, dos grandes
En términos generales, diría que Juan Soldado es una obra revolucionaria. Primero, pese a su mala fortuna, muestra bondad con los más necesitados, y cuando consigue un gran poder (ese magnífico morral), lo utiliza para darse a la buena vida, aunque sin hacerle mal a nadie. Resulta que en este cambio, su moralidad se pone en entredicho, mostrando las diversas facetas de la condición humana; pero su carácter natural, su falta de malicia y sus fuertes convicciones, hacen de él un personaje entrañable y sólido; más aun cuando, luchando por sus propios intereses, consigue que todas las almas atemporales -vemos gente de todas las épocas, quizás porque el concepto de “tiempo” no tiene sentido más allá del mundo terrenal- que esperan en esa sala, a las puertas del Cielo, peleen unidos, y hace la lucha de todos ellos su propia lucha. Se convierte en un personaje que adquiere, a través de las canciones, el carácter mítico, el de alguien que cambió las cosas, que las cambió como el viento cambia la posición de las flores, sin que nadie más le vea, sin que nadie más de fe de su obra, como si no hubiera pasado.


Se trata de una pieza formidable, que nada tiene que envidiarle a El ángel exterminador de Buñuel, y de la cual no está mal hablar de vez en cuando. La obra, como su personaje, responde a las canciones de los niños que, de la mano y bailando en corro, cantaban: “Juan Soldado pasó por aquí, y yo no le vi... y yo no le vi”.

"CUENTO DE INVIERNO" INTENTA NO ENFRIARSE

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


La ópera prima del guionista Akiva Goldsman resulta compleja de desarrollar ya en su concepción, porque plantea la posibilidad de prolongar una vida durante siglos agarrada en el amor más puro y verdadero. El tratamiento que recibe Cuento de invierno para este cometido es, como su título indica, de cuento, de esa neo-fábula que se ha practicado ya en varias ocasiones en el cine y que consiste en situar la historia en una realidad reconocible, pero con cavidad para la imaginación, para lo fantástico.

Aquí mezcla tanto finales del Siglo XIX como el año 2014. El grave problema es que no justifica o, al menos, no explica las condiciones o las normas de este universo, a pesar de que sus personajes hacen referencia a dichas reglas en diversas ocasiones. Así, el tiempo que se supone que un espectador debe dejar para construirse su propia fábula de lo que te están contando, se prolonga hasta, diría, los créditos finales, donde la empalagosa banda sonora -que te atormenta en prácticamente todo el metraje- no evita que te preguntes qué demonios has visto.

No es negativo para una película que esconda información que no es necesaria o central, pero en Cuento de invierno parece (habría que leer la novela para comparar) que no se molestan en justificarse si quiera a ellos mismos la coherencia de sus personajes o de ese universo de ángeles y demonios que, infiltrados en el mundo de los hombres, intervienen en la Tierra con objetivos puros (los ángeles, encontrar la bondad o hacer milagros; los demonios, evitarlos) e incidiendo en la cadena de vida de los seres humanos. No explican cómo funciona el juego, al igual que no te dicen nada del protagonista a parte de leves e inútiles pinceladas de su pasado; un pasado que no ayuda a entender qué hace de él un hombre diferente, capaz de vivir siglos sin recordar nada hasta que la divina arbitrariedad le haga recordarlo todo y entender su cometido en la vida, su milagro.

Todo es demasiado obvio, sensacionalista y, lo peor, moralista, justificando todas las carencias de la historia -en realidad es, simplemente, insostenible- en el hecho de que estamos contando un cuento, y en los cuentos puede pasar cualquier cosa. Pues no, eso no es suficiente, porque esto es cine, no un cuento; es un lenguaje que puede utilizar sus herramientas para contarte un cuento, pero nunca puede ser una traducción literal. Y, en cualquier caso, un cuento llevado al cine no siempre tiene que consistir en un tratamiento formal saturado en todas sus parcelas: una iluminación tan artificial -pero con vocación realista- que es insalvable; una dirección de técnica estándar rematadamente pobre; unas interpretaciones apasionadas y arquetípicas que, en fin, tienen poco que ofrecer (por cierto, ¿qué pinta Will Smith como Lucifer); y una banda sonora, como ya he dicho, omnipresente como en lo peor de Nolan, sensacionalista como en cualquier blockbuster y melosa hasta decir basta.


Con mucho pesar para este guionista de dilatada carrera, diría -y al parecer no soy el único- que Cuento de invierno es un despropósito absoluto, un verdadero desastre.

"OSLO, 31 DE AGOSTO", RETROSPECTIVA DE UN DISCURSO

By : El día del Espectador


HIMAR R. AFONSO


El análisis que pueda hacerse sobre la última película del noruego Joachim Trier (primo lejano de Lars, y menos conocido) tendría bastante sentido si se comparase con El fuego fatuo (Le Feu Follet, 1963), de Louis Malle, o por lo menos si se tomase como punto de partida. Sería un análisis historicista que el que aquí escribe no está en disposición de realizar. Por otro lado, parece que una de las virtudes de Oslo, 31 de agosto –y, probablemente, lo que evita que se le etiquete de remake- es su capacidad para separarse contextualmente de su “predecesora”, y articular un nuevo discurso en otro entorno, que es concreto y, al mismo tiempo, universal.

Por ello, me tomo la libertad de ahondar vagamente en el objeto en sí, sin atender en esta ocasión a su papel histórico, como obra reinterpretada en lo que podríamos llamar una “memoria cinematográfica”, un determinado recorrido evolutivo si se quiere, y centrarme en la posición cultural que toma un discurso social en un momento concreto.

Evidentemente, la voluntad de contextualización es clara y honesta desde el título, y prolonga esta decisión con la sucesión de imágenes de archivo de Oslo que realiza antes de empezar la historia. En este “mapa de la India” de la capital noruega, escuchamos testimonios de gente que nos cuenta su experiencia vital, sus sensaciones el día que vieron Oslo por primera vez, para luego contarnos la historia de Anders, un joven a punto de acabar un tratamiento de desintoxicación de drogas, que en su día libre decide visitar a gente que hace tiempo que no ve. Un camino de cierto pesimismo que le hace plantearse su fracaso en la vida, y lo difícil que resulta empezar de cero cuando has desperdiciado tantas oportunidades. En esa controversia personal, en la que se te presenta un universo social plagado de todos esos fantasmas que has dejado atrás en la incomunicación, el camino más fácil es el descenso a los infiernos, a los suburbios. Parece que la sociedad no está dispuesta a perdonarte, y tampoco a aceptar tu reconversión o a proponerte un nuevo camino. El hecho de que Anders libere de la responsabilidad de sus males a las personas que le rodean, es el contraste que ofrece la película a un personaje novedoso en el perfil del adicto. Anders viene de una familia acomodada, pero asume la responsabilidad absoluta de su estado. El problema es que, cuando ha conseguido vencer al cuerpo corrompido y está preparado para presentarse nuevamente a la sociedad, lo que hay a su alrededor no ha cambiado, y la lucha por mantenerse limpio es demasiado dura.
 
La imposibilidad de reinserción

Ese contraste, el del descenso de Anders frente a su firmeza en lo que respecta a otorgarse responsabilidades, o el de Oslo como paraíso idealizado -de hecho, la película muestra verdadera ternura por la ciudad- frente a la realidad del protagonista de Oslo, 31 de agosto, es el mismo que presenta la capital noruega en el contexto europeo. Realmente, cuando ves Oslo por primera vez, entiendes el significado de economía sostenible, de la sostenibilidad de un mundo cosmopolita que convive con la Naturaleza; y tras varios días, sorprende el contraste con su sociedad, esclava del alcoholismo y la depresión. Y en última instancia, entendemos al protagonista perdido y desamparado como el producto de la sociedad. Realmente, pese a los intentos de Anders por liberar a la sociedad de la responsabilidad de sus decisiones, se ve superado por la propia película, que insiste una y otra vez en la idea de que “somos producto de la sociedad”. Y aun así, reflexiona sobre el límite en el que uno mismo debe dar los pasos oportunos para superar el juicio social (la escena de la entrevista de trabajo) o la culpabilidad (el amante de Iselin).

Finalmente, la contextualización adquiere una proyección universal del discurso, de la apatía de una sociedad que no cambia y que se muestra incapaz de tirar de los suyos. Los que se quedan atrás, deben remar solos en última instancia, más allá de lo que pueda representar un sistema democrático “superior” o un sistema económico sofisticado. Más allá de lo que representa Oslo, el individuo es quien debe integrarse en la sociedad, y no al revés. Esto no supone un juicio de valor, es simplemente una realidad. Forma parte de la hipocresía que parece reinar en el ideal de la sociedad escandinava, duramente castigada por acontecimientos que escapan a la razón y a la lógica de su saneado sistema. En este sentido, pese a estrenarse en España en 2014, conviene señalar que la película se presentó en el Festival de Cannes de 2011, dos meses antes de que Anders Behring Breivik detonara una bomba en Oslo y tiroteara a la multitud en Utoya. Macabra casualidad también que el protagonista de Oslo, 31 de agosto tenga el mismo nombre que el terrorista noruego, pero que otorga a la película sin quererlo una mayor trascendencia en su reflexión del sistema, en esa fachada sólida y convincente golpeada por una realidad social cruda y compleja.

Con una soberbia capacidad narrativa, Joachim Trier trae a España una obra que permite celebrar la presencia de una generación de cineastas noruegos que, desde Elling de Peter Naess, muestra evidencias de ser una cinematografía a tener en cuenta. Con un promedio de 20 producciones al año, Noruega parece estar presente en el cine escandinavo desde mediados del Siglo XX y, aunque con menos relevancia que el danés, es evidente que obras como Oslo, 31 de agosto tienen mucho de lo que presumir.

A PROPÓSITO DEL FOLK

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


Los hermanos Coen se adentran en el mundo folk en su última película: A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis), justo en un momento importante para la música folklórica norteamericana, en esos años difíciles y sin rumbo aparente que, sin embargo, se encontraba a las puertas de lo que sería un auténtico boom.

Podría decirse que es una de las obras más intimistas de Joel y Ethan y, desde luego, perteneciente a esa parte de su obra cinematográfica en la que encajan objetos extraños como Quemar después de leer (2008) o la fantástica Un tipo serio (2009). Son obras en las que se reconoce sin problema la marca de sus autores, esa línea de narración fronteriza o limitadora entre la comedia dramática o el drama cómico, cargada de sarcasmo y de lo absurdo. Pero son obras diferentes a sus más emblemáticos títulos, y permiten contemplar el universo Coen desde un ángulo diferente. En este caso, un músico muy bueno, cantante de folk convencido y comprometido, y sin éxito. Llewyn vaga por las calles frías y grises de un Nueva York triste y desamparado, sin cabida para estos cantantes desprestigiados e infravalorados por el mercado; Llewyn busca junto a un gato, Ulyses, una oportunidad, un camino, una razón de ser. Y en este camino, asistimos a su triste existencia en la que recibe el desprecio y el rencor de toda la gente que le rodea y a la que él quiere.

Es muy interesante cómo en esta obra se integra un discurso universal, contemporáneo, a partir de un nivel temático más concreto. Llewyn Davis se mueve en el pozo de un mundo, el del folk, a punto de emerger, de tal manera que esos que hoy pierden, alcanzarán el éxito mañana. Llewyn busca su Ítaca en este mundo de incertidumbre en el que difícilmente se vislumbra una salida, a pesar de que sabemos que es cuestión de tiempo; extraemos aquí cualquier interpretación de una sociedad decadente y entristecida, económicamente hundida y moralmente apática. Llewyn abandona a su compañero de viaje mirándole a los ojos, sin fuerzas para cuestionarse a sí mismo. Llewyn ya no recuerda cuál era el sueño americano, él pertenece, como dice Ángel Quintana en Caimán CdC Nº 23, a “la América de los perdedores”, cuando éstos no tenían aun popularidad.

Como en sus mejores películas, los Coen configuran unos personajes muy fuertes y muy poderosos, empezando por el protagonista, odiado por todos en la historia, pero inevitablemente querido por el público, ya que pese a vagar sin rumbo y dando la razón a todos los que le cuestionan continuamente, no renuncia a sus convicciones y es honesto en todo momento; es honesto consigo mismo, con su música y con las oportunidades que se le presentan: grabar algún trabajo con el novio de su ex, cantar en el club de siempre, acudir al pueblo en el que, al parecer, tiene un hijo, o ir a Chicago en busca de su última oportunidad, ésta última culminando en una escena fabulosa, capaz de mantener una expectativa y una tensión de peligro de muerte aunque solo sea mediante un productor mirándote, esperando a ver lo que eres capaz de hacer. En todas y cada una de ellas, Llewyn se somete al juicio de los demás, pero sigue adelante.


Sobre escenas como la del productor, Inside Llewyn Davis tiene múltiples momentos magistrales gracias a un extraordinario desarrollo de escenas; diría que una de las mayores cualidades de los Coen siempre ha sido esa: trabajar el conflicto y el subtexto de las escenas; y por supuesto, los personajes, todos especiales e interesantes, sorprendentes y coherentes al mismo tiempo. Quizás lo que hace más poderosa esta historia es el equilibrio que consigue entre el discurso, capaz de ser melancólico y esperanzador al mismo tiempo, y el drama, con momentos de una sensibilidad muy especial, muy personal, como la escena del padre, la despedida del gato o las canciones que Oscar Isaac interpreta en vivo y sin cortes. Una comunión entre la plasticidad de las imágenes y el subtexto de las mismas propia de las obras más exquisitas.

FORMAS DE ENFRENTARSE A LA NAVIDAD. Parte IV: Los amigos de Peter VS Rare Exports: un cuento gamberro de Navidad

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO & MARCO BARADA

Festejando con gente que ya no aguantas como en LOS AMIGOS DE PETER


Una señora película cargada de espíritu navideño (según se mire) es la de Kenneth Branagh, prestigioso adaptador de algunas obras de Shakespeare, célebre director de Thor (WTF!).

En esta película, nuestro querido Peter, un burgués británico podrido de dinero y sin mucho más que hacer, decide dar una fiesta de Fin de Año en su mansión con viejos amigos entre los que se encuentra el Dr. House y el propio Kenneth. Pues bien, resulta que ya no se aguantan mucho y que todos tienen demasiadas manías como para convivir de forma normal y civilizada. Digamos que es lo que suele pasar en las cenas familiares en estas fechas, solo que durante todo un fin de semana.

De alguna forma, la bola de nieve que van creando con sus propias rencillas, obliga a nuestros amigos y al Dr. House (quien, por cierto, está hecho todo un semental) a plantearse sus relaciones, el paso del tiempo y demás... va generando, en realidad, un mal rollo considerable... como cantarían En el Aire, el programa de Buenafuente: “¡Oh, falsa Navidad, sueños...!”. En fin, lo que la convierte en una comedia dramática bastante agradable, es la soltura de las tramas y lo entrañable de las escenas ya que, a pesar del trasfondo de desencanto que propone -y algún que otro trauma que manejan desde la comedia con verdadera maestría- , siempre termina venciendo la amistad, esa amistad que perdura en los malos momentos. Maravillosos el humor inglés de Peter, las borracheras del tito Kenneth o la guitarra del Dr. House, que para entonces tenía esa cara de pardillo que se le quitó cuando se quedó cojo. Bendiciones.

Desenterrando al verdadero y cruel Papá Noel en Laponia: RARE EXPORTS: UN CUENTO GAMBERRO DE NAVIDAD.


            ¿No estamos hartos de películas navideñas edulcoradas a más no poder? ¿De Papá Noeles adorables que salvan la Navidad? Yo por lo menos sí. ¿Y si os dijese que hay una película en la que Papá Noel es terroríficamente cruel? Esa película es la genial Rare Exports: un cuento gamberro de Navidad de Jamari Helander.

            Tras una serie de excavaciones secretas en Laponia, el niño Pietari y su padre se encuentran el día de Navidad con un extraño, barbudo y macabro viejo desnudo en medio de la nieve. Pietari lo tiene claro: es el verdadero Papá Noel, el que tortura de formas inimaginables a los niños malos. El primer impulso será descuartizarlo.

            Rare Exports es de las películas navideñas más originales que se han hecho y es reconfortante que además sea del mismo país que el viejo gordo: Finlandia. Adaptando sus previos cortos sobre el mismo tema, Jamari Helander crea una deliciosa mezcla de humor y seriedad que convierte una propuesta original en una película redonda. Unas interpretaciones creíbles y una estética muy lograda (véase el supuesto Papá Noel) consiguen enganchar al espectador hasta el final.


            Si estás buscando al típico gordo sonriente con cara de bonachón esta no es tu película. Si en cambio buscas un Papá Noel con pinta de salvaje, mirada de loco y totalmente mudo, Rare Exports es la película que debes ver estas Navidades. ¿Has sido un chico bueno?

“EL OSO”: INAGOTABLE TRAS UN CUARTO DE SIGLO

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


Hace 25 años -que se dice pronto- del estreno de la que posiblemente sea la mejor película protagonizada por animales de toda la Historia: El oso.

Jean-Jacques Annaud, quien dejó a todo el mundo deslumbrado por su capacidad para construir un relato nada más y nada menos que con dos osos pardos (volvería a hacerlo con tigres en Dos hermanos), dejó para la posteridad un cuento de fábula y con moraleja, solo que hecho en imagen real. Esto no solo le permitió conectar con el público de forma más directa que cualquier obra de animación -la empatía con un personaje Disney, por ejemplo, se basa en la personificación de esos animales a través de arquetipos, mientras que en El oso se establece un diálogo entre el animal salvaje a un lado de la pantalla y el ser humano al otro-, sino que pudo articular un discurso ideológico a través de la edificación de un pasado para un pequeño oso que es “rescatado” por una pareja de cazadores furtivos. Ese pasado, vinculado al de un gran oso implacable que vaga por las llanuras buscando comida, posiciona el filme a favor de los animales salvajes, estableciendo un mecanismo de “buenos y malos” y un tratamiento de la historia bajo el modelo de la aventura.

Quizás ahí es donde reside el secreto de esta obra, en el uso de un género adaptado a los recursos estilísticos de un autor con la necesidad de atravesar la frontera que separa los niveles superficiales de los internos en la aventura. Dicho de otra manera, la posibilidad de desarrollar una historia narrativamente emotiva y capacitada para proponer una serie de discursos más allá de ese primer nivel del relato. Y para eso, era imposible acudir a la animación, puesto que el carácter pausado y melancólico de las secuencias de los humanos, incapaces de entender la Naturaleza, frente a las peripecias de ese oso aventurero y persistente o la nobleza de una bestia salvaje, era imposible de realizar con dibujos animados.

Más aun, resulta sobrecogedor el desarrollo de ese pequeño oso huérfano que, pese a las adversidades, lucha por alcanzar sus humildes objetivos, encarnando la inocencia del indefenso situado en una tierra hostil (lo salvaje) y corrompida (lo humano). Un Ser Humano cuya superioridad terrenal se verá desafiada por las circunstancias, desmoronándose en última instancia y rindiéndose ante las buenas artes de un modelo del “monstruo” como mito, un monstruo que deconstruye su propia configuración estética y narrativa y perdona al hombre derrotado.

Globalmente, podemos deleitarnos con planos generales de montañas y ríos, u otros intimistas en los sueños del oso; o esos momentos en los que espía a los adultos. Un híbrido estético que compone el universo de lo exótico y de lo cotidiano, y que nos anima a acompañar a los protagonistas en su búsqueda universalmente reconocida y reconocible, en su aventura eternamente joven.

FORMAS DE ENFRENTARSE A LA NAVIDAD. Parte I: Love Actually vs. Santa Claus conquista a los marcianos

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO & DIEGO REAL

Ya llegó la navidad. Y con ella las cenas de empresa, la compra de regalos a última hora, las reuniones familiares, los propósitos para el próximo año y el gasto desenfrenado en comida que nadie se comerá. Pero la Navidad también se puede torcer y ofrecernos experiencias de todo tipo y para todas las edades.

El cine ha dado muestras de ello a lo largo de su historia. La Navidad y todo lo que la rodea a servido como inspiración y escenario para multitud de historias. Tenemos claro que acabaremos reunidos con la familia pero no el trayecto que debemos recorrer.

Por tanto, desde El Día del Espectador queremos ofrecer doce formas alternativas de disfrutar de estas fiestas. Asesinatos, secuestros, prostitutas, corrupción, terroristas, monos locos, conejos, marcianos, cortocircuitos, Jedis...todo vale para seguir disfrutando del espíritu navideño sin aburrirnos de las mismas anécdotas que cuenta nuestro abuelo cada año sentado a la mesa familiar.

Seis artículos. En cada uno dos formas distintas de enfrentarse a la Navidad. Elegid vuestra favorita de cada duelo.

Cantando y llorando ebrios de amor super cool como en LOVE ACTUALLY

Una recomendación bastante pertinente para estas fiestas es la comedia romántica de Richard Curtis.

La primera razón por la que es recomendable es la comodidad para el espectador: me juego lo que sea a que estas navidades la echan en la tele, mínimo, tres veces. Totalmente oportuna para verla en compañía de tu pareja y/o tu madre, y si te dejas llevar, igual les acompañas en sus lágrimas y aplausos. Ha habido casos en los que empiezan a llorar en los títulos de crédito, y si no, como mucho aguantan hasta la boda de Keira Knightley con la sorpresa musical que se ha convertido en una oleada de recurrentes flahs mobs que pueden encontrarse en internet. Recomiendo buscarlos tras la película, ¡son bodas reales!

La segunda razón, porque es de esas comedias románticas que no te hacen vomitar; es sencillita y dinámica debido a la estructura coral, y tiene momentos que todos hemos imaginado en nuestros cursis y secretos escondites; para el recuerdo, los carteles de Andrew Lincoln (¡el prota de The Walking Dead¡) dedicados a Keira, a quien más le vale no convertirse en zombie si no quiere perder la cabeza; o Colin Firth en Portugal yendo a por su gran amor antes de convertirse en rey de Inglaterra...


Y en tercer lugar, porque hay montón de actores británicos (a parte de Liam Neeson, que es irlandés, y ya me lío con las fronteras), y eso siempre está bien.


Salvando al gordo de rojo de las fauces de monguers espaciales como en SANTA CLAUS CONQUISTA A LOS MARCIANOS


Veo que mi compañero Himar se ha decantado por la gran Love Actually, una película que tiene la facultad de poder decir que te gusta sin sentirte avergonzado de que has disfrutado de una comedia romántica. Pues bien, yo he querido ser más valiente y bailar con la más fea. Con la más fea y además coja, porque me he decantado por un pestilente truño clásico navideño: Santa Claus conquista a los marcianos (Nicholas Webster, 1964).

Ya desde la estridente melodía “Horray for Santa Claus” de los créditos iniciales sabemos que vamos a entrar en una espiral sin salida de mongolidades con el gordo que personifica la navidad (¿alguien dijo Cristo?) de protagonista. Gordo al que da vida un tal John Call que parece que se va a arrancar con unos chistes de gangosos debido a su parecido con Arévalo.

Lo más insoportable es el mensaje desesperanzador y pesimista de la película: si en la Tierra son retardeds, en Marte tampoco hay esperanza, son tanto o más subnormales, creando una antipatía por todos los personajes que puede derivar en ira homicida. Debido a esto tenemos que soportar altas dosis de vergüenza que llegarán a sus cotas más altas con el personaje de Dropo, del que no desvelaré nada por si alguien se atreve a verla (¡ja, ja, ja!). Ni los escenarios se salvan, siendo opresores y cutres, de unos 30 m2  y, con una decoración digna de una producción de Bollywood. ¡Y ESA MÚSICA A DESTIEMPO!¡TODO ES MIERDA! ¡ME CAGO EN TODO, QUÉ COJONES PENSABA EL DIRECTOR MIENTRAS HACÍA ESTA BASURA!

Una aberración con la que más que fomentar tu espíritu navideño te entrarán ganas de procesar una religión no cristiana para no volverla a celebrar jamás. Eso si no te has quitado la vida a mitad del metraje. Si te sientes gordo por las cenas, recomiendo su visionado, vomitarás de lo lindo.

LA EVOLUCIÓN DEL DISCURSO DE MCQUEEN

By : El día del Espectador
HIMAR R. AFONSO


Hay una serie de temas universales tremendamente recurrentes en la construcción de un relato audiovisual: el maltrato a la mujer, el holocausto, la pobreza... o, últimamente, la esclavitud. Solo el año pasado vimos dos propuestas diferentes -Lincoln (Spielberg) y Django desencadenado (Tarantino)- sobre la esclavitud en Estados Unidos durante el Siglo XIX. Con 12 años de esclavitud, la última película de Steve McQueen -quien, por cierto, había recurrido anteriormente a algunos de estos “grandes temas” (Hunger y la huelga de hambre; Shame y la adicción al sexo)- se aborda esta cuestión desde el que, quizás, sea el otro punto de vista que buscaba su propia exposición.

En este sentido, el tratamiento que da McQueen a las historias, no tanto a través de modelos genéricos como de su personal concepción de las mismas, hacía inevitable que 12 años de esclavitud fuera la película que es, y articule un discurso arquetípico que entiende el drama que envuelve a las personas como un acceso a las emociones exento de demagogia sentimental, entendiendo las facilidades narrativas que proporciona el tema como una condición real de conexión con el espectador y no como un truco sensacionalista de empatía babosa y superficial.

Esto permite trascender el castigo físico (exterior) a planteamientos conceptuales que tienen que ver con los límites que un ser humano está dispuesto a soportar, con la decisión de sobrevivir, y si eso va directamente relacionado con la idea de “vivir” o no; y hasta qué punto somos capaces de renunciar a las cosas esperando vernos recompensados dentro de un sistema cerrado e inamovible. Como la pequeña Patsey, que pese a haberse planteado el suicidio, juega sus cartas para tratar de mejorar una situación insoportable dentro del ecosistema que les han impuesto. Las motivaciones tienen que ver con la pura y absoluta esperanza de que en algún momento tendrás una oportunidad; siempre.

¿Cómo, si no, entender ese descenso moral de un ser que pierde toda su dignidad, que se niega a sí mismo de forma consciente, a pesar de la injusticia? No es (solo) por el miedo al castigo físico y a la muerte, que es el motor con el que las fuerzas tiránicas les someten (les “domestican”) y consiguen romper sus conexiones evitando la sublevación, sino por la esperanza, por esa “resistencia interna” de la que el propio McQueen ha hablado en varias entrevistas.


Así, pese a haber penetrado en los circuitos hollywoodenses y sonar fuerte (y muy fuerte) para los Oscar, existe una continuidad formal entre este trabajo, Shame y Hunger, si bien es cierto que se han moderado esos mecanismos. Pero no renuncia McQueen a los planos largos que obligan al espectador a mantener la angustia sin descanso (son muy numerosas este tipo de secuencias), y otros elementos como la banda sonora (y el uso del sonido, el encabalgamiento con otras secuencias) no 'melodramatiza' la historia en un sentido ventajista, ni mucho menos; además usa la estética para ser autoconsciente del propio discurso, cuando Solomon mira casi sin darte cuenta a cámara. Por otro lado, la configuración de unos personajes malvados con los que la película no intenta empatizar (lo cual no quita que tengan diversas dimensiones, alejándose de lo que sería una caricatura), posiciona al filme no en una postura reivindicativa -ya que se trataría de otra película- pero sí sin miedo a representar la esclavitud como una manifestación terrenal de la maldad: ya sabemos que la esclavitud fue terrible, así que no vamos a denunciarlo; pero tampoco vamos a obviarlo.

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