Hoy se
estrena en nuestra cartelera la película NO
del director Pablo Larraín, la primera película chilena en lograr una
nominación al Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa. NO cuenta cómo venció contra todo
pronóstico una campaña dirigida por un joven publicista chileno (Gael García
Bernal) a favor del No en el plebiscito sobre la permanencia de Augusto
Pinochet.
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Gael García Bernal en los cines Golem de Madrid (Foto: Marco Barada) |
Esta es una
película que ahonda en la capacidad manipuladora que tiene la publicidad, ya
sea utilizada a favor o en contra de causas justas. René Saavedra (Gael García
Bernal) es un personaje que sí, ha sufrido las consecuencias de la dictadura,
pero se mantiene al margen de opiniones políticas y acciones antisistema. Su
trasfondo político, o su propia ceguera hacia la situación de su país, sumado a
la juventud y por lo tanto a una visión mucho más fresca, son la clave para
derrocar al dictador. Lo que él consigue es, al margen de ideologías, utilizar
ese poder de persuasión propio de la publicidad para vender al pueblo chileno
los beneficios de la democracia. Saavedra es un pragmático, a él no le importa
(del todo) la ideología de la izquierda opositora, simplemente está vendiendo
un producto: la alegría de vivir sin Pinochet. Porque la base de la campaña del
NO no se basó en mostrar la crudeza del régimen, el sufrimiento de
desaparecidos, exiliados o torturados, si no en transmitir al pueblo como sería
un país sin dictadura, con libertades. El momento en el que cristaliza esa
visión pragmática y utilitarista sucede cuando encarga la composición de un
jingle para la campaña, y no un himno,
como sería lo lógico para algo tan serio como es votar por la democracia. Es
decir, René consigue sortear izquierda y derecha utilizando uno de los recursos
de la cultura de masas instaurada por Pinochet: la publicidad.
Pablo
Larraín se sirve del ejemplo de Saavedra a la hora de tratar un hecho histórico
tan trascendental y teóricamente serio al utilizar el humor. Igual que René usó
la alegría, Larraín usa el humor para que su discurso político entre con mucha
más facilidad. Toda la película está impregnada de optimismo, de alegría,
también de expectación, pero hay muy poco rencor, miedo u odio. Ese es uno de
sus puntos clave, evitar un discurso político que anquilose la narración hasta
el punto de hacerla infumable. El humor canaliza su discurso con mucha
facilidad.
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García Bernal y Pablo Larraín, el director de NO (Foto: Marco Barada) |
Mención
aparte merece la parte visual del filme, Larraín juega con un arma de doble
filo. La película se rodó con cámaras de tubo Ikegami de 1983, cámaras de vídeo
(no cine) en 4:3, precisamente porque las imágenes de archivo que aparecen en
la película fueron grabadas con esas cámaras. Lo que pretende el director es
fusionar la ficción con la realidad, impedir que el espectador pueda distinguir
que es película y que es archivo. Como dice el propio Larraín, se creó “una
combinación sin sutura entre el tiempo, el espacio y el material generado con
[las] cámaras”. Y en efecto, gracias a un impecable diseño de producción, el
espectador es incapaz de saber cuando empieza un plano de archivo y cuando lo
que vemos es ficción. Pero no es solo la fotografía la que consigue este
efecto. La puesta en escena se basa en encuadres normalmente cerrados en los
que las cámaras se limitan a seguir a los personajes. Pablo Larraín admitió que
las composiciones no estaban medidas, los actores no tenían marcas en el suelo
para no salirse de plano, si no que tenían libertad absoluta para moverse. Sin
embargo, este aproximamiento visual tiene contrapartidas importantes. En primer
lugar, al grabarse en un formato de video de hace treinta años la calidad de la
imagen es mínima, llena de grano, colores extraños y graves problemas en
situaciones de mucha luz en las que una fuente de luz puede cegar toda la
imagen. Por otro lado, la libertad de movimientos de los actores y el
consiguiente movimiento cámara en mano para seguirlos produce en el espectador
la sensación de estar viendo un vídeo amateur y no una película enmarcada en
unos estándares profesionales. Dicho esto, es una elección muy consciente por
parte del director, que con esta puesta en escena busca también luchar contra
la que el llama “hegemonía estética de la alta definición”. Todo es cuestión de
opiniones.
A pesar de
todo, estamos ante una película altamente recomendable, ilustrativa de un
período muy interesante del historia reciente y una fascinante reflexión sobre
el poder de la publicidad (y de la imagen por tanto) en el mundo actual. Especial
interés merece el actor mexicano Gael García Bernal por su interpretación de
este personaje cínico y a la vez creativo. La ceremonia de los Oscar puede
depararles una sorpresa, aunque frente a Amour
haya pocas probabilidades. Sin embargo, haber sido nominados ya es un triunfo. NO no es una película que puedan
perderse.
NOTA: 7
Lo de luchar "contra la hegemonía estética de la alta definición" me recuerda a lo que proclamaban el innombrable Rocha y sus compañeros del cine del tercer mundo en contra "de la hegemonía del cine de Hollywood"
ResponderEliminarYo cada vez soy más proclive a un cine alternativo a Hollywood, debo decirlo. En cualquier caso, no creo que Larraín luche contra Hollywood, si no contra el imparable progreso del cine digital.
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