Posted by : El día del Espectador enero 20, 2013


HUGO MUGNAI



Todos conocemos a Quentin Tarantino, y con esta nueva película del que fuera uno de los directores más transgresores, no podíamos esperar sino otra locura única como ya lo fueran Malditos Bastardos, Death Proof, Kill Bill... en fin, toda su filmografía. Y el hecho es que Django Desencadenado es una locura, pero tal vez no sea tan única.

Y el hecho de que el de Knoxville esté ‘desencadenado’, a sus anchas tanto en guión como en dirección, tiene su parte buena y su parte mala. La parte buena es que nada le limita, y puede llevar su estilo al límite. La parte mala es precisamente que nada le limita, y puede llevar su estilo al límite. Exactamente ese es el principal problema de “Django desencadenado”, el hecho de que Tarantino lleva, como ya hiciera previamente, su estilo, su toque y sello personal a cada fotograma, a cada diálogo, y eso acaba produciendo el efecto de que la película es más una masturbación colectiva en honor al ex-empleado de videoclub que una historia bien contada.

 La narración se encuentra con un elemento en principio poco común, la historia está partida en dos, la primera hora de metraje plantea una historia que engancha, la historia de Django, un esclavo negro a finales del XIX que es liberado, de cómo surge como personaje, y su relación con el Doctor Schultz, un cazarrecompensas de lo más singular. Y esta historia, siendo de lo más tarantinesca, se consolida como un argumento interesante, una historia con un objetivo claro (algo McGuffin, para que negarlo), unos personajes con química, y un creciente expectativa. Pero esa historia concluye tras apenas una hora de metraje, lo que supone una pregunta terrible para todo guión: ¿Y ahora qué?

Lo que podía haberse planteado como toda una película (con ciertos paralelismos con “Valor de Ley”, de los hermanos Coen), Tarantino la limita a una historia introductoria, dando lugar a un film de 2 horas y 45 minutos, al que le sobra metraje por todos lados.

Tal vez otro de los problemas de los que el western adolece, sea la falta de carisma del protagonista, Django. La historia viene guiada y prácticamente protagonizada por el Doctor King Schultz, interpretado magistralmente por Christoph Waltz, el que fuera Hans Landa en Malditos Bastardos. Schultz es un cazarrecompensas fuera de lo común, de lo más cortés y educado, que igual te invita a una cerveza con una amable sonrisa, que te descerraja un tiro en la sien sin inmutarse. Mientras que poco a poco vamos descubriendo al que da título al film, Django, que resulta un tipo callado, castigado por su dura vida de esclavo y que cuando le toca asumir el papel de hilo-conductor de la historia, flojea.


Amén de cuestiones narrativas, durante los 165 minutos de película podemos observar como Quentin Tarantino plasma su estilo de siempre a través de una estética antigua, de serie B, casi kitsch; especialmente con unos rótulos utilizados casi como recurso cómico. Pero lo más destacable es la música, probablemente, uno de los mejores elementos de la película, que tiende a ser de lo más anacrónica, mezclando piezas originales del propio Morricone, con “Rap bling-bling” o composiciones clásicas, y dándole un aire de locura muy propio del director.

Posiblemente “Django desencadenado” tenga en contra el hecho de que su predecesora fuera “Malditos Bastardos”, y que al fin y al cabo ambas tengan la misma esencia en su historia. Cómo reza su slogan en la versión americana “Life, Liberty, and pursuit of vengeance”; y lo que en la anterior eran judíos buscando su libertad y vengarse de los nazis que les oprimían, en la actual son negros (en este caso uno), buscando su libertad y vengarse de los negreros blancos que les oprimen. Y precisamente el hecho de tener al teniente Aldo Raine y sus cazajudíos en mente, hacen que por paralelismo, en ciertos momentos la historia y las escenas se vuelvan previsibles, permitiéndonos prever perfectamente como a través de regueros de sangre, huesos rotos y violencia semi-gratuita, el protagonista logrará o no alcanzar su objetivo quedando como (y perdón por la expresión) “el puto amo”.


Pero el hecho de que Tarantino busque continuamente en el público las ganas de hacer que nos levantemos aplaudiendo hace que parezca que se olvide un poco de la historia, y que tal vez Quentin no sea el mismo o tenga que buscar unos límites a su tarantinismo descontrolado, porque si sigue perdiendo fuerza narrativa, sería una pena que se malograra en su autocomplacencia uno de los directores-guionistas con más talento de las últimas dos décadas.

NOTA: 6,5

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  1. Una decepción 'Django', no me esperaba un clásico pero sí una película más divertida. Apenas aparecen esos diálogos crujientes marca de la casa, y como siempre, qué pena que sus pelis estén tan vacías. ¿Cuándo encontrará messieur Tarantino algo para lo que tan bien sabe hacer: contar? Un saludo!

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