HIMAR
R. AFONSO
ATENCIÓN: CONTIENE AMPLIO SPOILER
La
gente de la calle, la gente “normal”, ha configurado un
imaginario común en torno a los políticos y, en general, al mundo
de la política; este imaginario, esta fábula con bastantes dosis
de realidad, se ha tratado de construir en House of Cards,
el remake de Fincher y Willimon de la serie británica de los
noventa, de Paul Seed.
La
presencia de un director, digamos, top -en lo que se refiere a una
realización óptima en términos de espacio (escenarios) y tiempo
(ritmo)-, como responsable del aspecto formal de la serie, así como
su continuación por parte de otros directores respetados como Joel
Schumacher (Un día de furia, Última llamada), James
Foley (Glengarry Glen Ross) o Allen Coulter (Recuérdame),
los dos últimos con una brillante trayectoria en TV (más amplia la
de Coulter), garantiza una cierta estandarización o realización
convencional que permita amoldar una serie de tramas que circularán
entre los personajes a lo largo de la ficción. Esta solidez
formal permite darle protagonismo al “juego del poder”, a los
distintos involucrados (políticos, empresas privadas, periodistas y
civiles) y, por supuesto, al que conforma el verdadero cimiento de la
serie: el congresista Frank Underwood (un desafiante Kevin Spacey).
En
efecto, el protagonista de la serie representa todos los tópicos del
político implacable y ambicioso pero con una sobrecogedora falta de
escrúpulos y, lo más interesante, sin atisbo alguno de hipocresía.
Para construir este fuerte personaje y todo lo que representa, la
serie propone una dinámica de interacción directa con el
espectador, planteada desde su presentación mirando a cámara y
diciendo “No tengo paciencia para las cosas inútiles”
mientras ahoga a un perro herido sin posibilidades de vivir. Así,
pese a que la serie tiene diversos focos de atención, iremos
siguiendo las “jugadas” de Underwood a la par que él mismo nos
comenta de vez en cuando los sucesos o las distintas situaciones que
se dan.
Por
supuesto, Underwood es hipócrita en la serie. Donde se “desnuda”
sin miedo a ser juzgado y sin remordimiento alguno es en ese espacio
que tiene con el público. A título personal, siempre me ha
detestado que un personaje “me hable”, es algo que me saca de la
historia, me recuerda que eso que veo es ficción. Pero hay que
reconocer que, a medida que avanza la serie (y con una progresiva
reducción de esta interacción con el protagonista), vemos que es un
recurso que funciona, encaja en el planteamiento y apoya el discurso
que se quiere dar.
El
hecho de que Underwood mire a cámara y comente situaciones, genera
una distancia entre el espectador y sus personajes necesaria para
“seguirles”, para preocuparse por los obstáculos que tienen, ya
que son seres corruptos, interesados y totalmente ajenos al mundo
real, a la calle. Así, la serie se desarrolla en el tablero de
los políticos como peones y los ciudadanos como meros espectadores
de una guerra sombría y manipuladora. Realmente sería una ficción
bastante fría y desagradable de no ser por otro elemento importante
como el de la interacción: el histrionismo en las interpretaciones.
No es una exageración evidente, pero sí que se configura los
personajes mediante estereotipos muy marcados y exaltando sus rasgos
identitarios. House of Cards muestra a los políticos
que nunca vemos pero que todos sabemos que existen.
¿Por
qué esto es positivo? Al igual que las miradas cómplices de Spacey
cuando ocurre lo que nos ha dicho que ocurriría, esta sutil
caricaturización de los personajes los hace más asequibles, menos
despreciables en ocasiones (solo en ocasiones) y es fácil
concederles ciertas licencias porque, francamente, te caen bien. La
relación de “tira y afloja” que mantiene Underwood con el resto
es semejante a la que lleva el espectador con los personajes gracias
a la complejidad de algunos de los más importantes: Claire, la mujer
de Underwood (Robin Wright), con sus pequeños conflictos morales (ir
a correr al cementerio o no, darle dinero a un pobre para que se
compre ropa, darse cuenta de que, de repente, querría tener hijos,
despedir a media plantilla de su empresa, su amante pasajero...) que
van surgiéndole capítulo tras capítulo como pequeñas píldoras, y
que se concentrarán en el final con la demanda de una ex-empleada
idealista que pretende denunciar la inmoralidad de los mecanismos de
su empresa; Zoe Barnes, la joven periodista que consigue grandes
titulares siendo el juguete sexual de Underwood, y cómo el tiempo le
hace plantearse la moralidad de vender su cuerpo, volviéndose
implacable en la búsqueda de respuestas ante una posible
conspiración; o Peter Russo, alcohólico que esconde un espíritu y
un talento grandísimos que le harán postularse a gobernador, para
lo cual tendrá que hacer frente a sus problemas y afrontar
públicamente los episodios oscuros de su pasado. La figura de
Russo como objeto de crítica por su deplorable conducta, el juicio
social que se le hace, responde a la hipocresía generalizada de
políticos y ciudadanos -bajo la sombra de Underwood, que
representa la verdadera y orgullosa cara de la ambición-, y su
muerte apoya parte del discurso que separa totalmente el universo
político del civil: alguien como Russo, que busca la honradez, no
puede sobrevivir en la carrera por el poder.

Todo
alcanza una posición de doble moralidad realmente violenta, el juego
de Underwood y sus terribles acciones, la fama de Barnes o los
métodos de Spinella. Todo en esta serie es hipocresía y mentira
dentro de una exposición de los personajes rabiosamente sincera. A
pesar de cierta irregularidad narrativa y de unos giros finales
demasiado excitantes para una serie que pedía un tono más
calmado, House of Cards es realmente interesante y
novedosa, sin miedo a construir un marco “idealizado” de lo
que la sociedad parece tener claro que es la política, involucrando
a sus personajes con elementos de la cultura a todos los niveles...
imposible olvidar la escena de la iglesia en el último episodio,
donde Underwood “habla” al difunto Peter Russo e incluso a Dios,
tal y como hablaría a un contrincante... aquí alcanza la
representación total del político encerrado en su universo, en la
equiparación con una entidad trascendental.
¿Habéis comenzado a ver la segunda temporada? La verdad es que he visto los tres primeros episodios y pinta muy, muy bien, incluso mejor que la primera :) Aquí os dejo mi valoración de la serie ;)
ResponderEliminarhttp://seriesanatomy.blogspot.com.es/2014/02/el-castillo-de-naipes.html
Saludos!
Hemos visto solo el primer capítulo y es bestial. Cuando la acabemos la volveremos analizar. Buen artículo el tuyo. Felicidades por el blog. Saludos
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