Posted by : El día del Espectador febrero 17, 2014

HIMAR R. AFONSO


La ópera prima del guionista Akiva Goldsman resulta compleja de desarrollar ya en su concepción, porque plantea la posibilidad de prolongar una vida durante siglos agarrada en el amor más puro y verdadero. El tratamiento que recibe Cuento de invierno para este cometido es, como su título indica, de cuento, de esa neo-fábula que se ha practicado ya en varias ocasiones en el cine y que consiste en situar la historia en una realidad reconocible, pero con cavidad para la imaginación, para lo fantástico.

Aquí mezcla tanto finales del Siglo XIX como el año 2014. El grave problema es que no justifica o, al menos, no explica las condiciones o las normas de este universo, a pesar de que sus personajes hacen referencia a dichas reglas en diversas ocasiones. Así, el tiempo que se supone que un espectador debe dejar para construirse su propia fábula de lo que te están contando, se prolonga hasta, diría, los créditos finales, donde la empalagosa banda sonora -que te atormenta en prácticamente todo el metraje- no evita que te preguntes qué demonios has visto.

No es negativo para una película que esconda información que no es necesaria o central, pero en Cuento de invierno parece (habría que leer la novela para comparar) que no se molestan en justificarse si quiera a ellos mismos la coherencia de sus personajes o de ese universo de ángeles y demonios que, infiltrados en el mundo de los hombres, intervienen en la Tierra con objetivos puros (los ángeles, encontrar la bondad o hacer milagros; los demonios, evitarlos) e incidiendo en la cadena de vida de los seres humanos. No explican cómo funciona el juego, al igual que no te dicen nada del protagonista a parte de leves e inútiles pinceladas de su pasado; un pasado que no ayuda a entender qué hace de él un hombre diferente, capaz de vivir siglos sin recordar nada hasta que la divina arbitrariedad le haga recordarlo todo y entender su cometido en la vida, su milagro.

Todo es demasiado obvio, sensacionalista y, lo peor, moralista, justificando todas las carencias de la historia -en realidad es, simplemente, insostenible- en el hecho de que estamos contando un cuento, y en los cuentos puede pasar cualquier cosa. Pues no, eso no es suficiente, porque esto es cine, no un cuento; es un lenguaje que puede utilizar sus herramientas para contarte un cuento, pero nunca puede ser una traducción literal. Y, en cualquier caso, un cuento llevado al cine no siempre tiene que consistir en un tratamiento formal saturado en todas sus parcelas: una iluminación tan artificial -pero con vocación realista- que es insalvable; una dirección de técnica estándar rematadamente pobre; unas interpretaciones apasionadas y arquetípicas que, en fin, tienen poco que ofrecer (por cierto, ¿qué pinta Will Smith como Lucifer); y una banda sonora, como ya he dicho, omnipresente como en lo peor de Nolan, sensacionalista como en cualquier blockbuster y melosa hasta decir basta.


Con mucho pesar para este guionista de dilatada carrera, diría -y al parecer no soy el único- que Cuento de invierno es un despropósito absoluto, un verdadero desastre.

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